
Yo tenía un bisabuelo que tenía un burro.
El burro no era tierno ni blandito.
No tenía ojos azabache.
Y no se llamaba Platero.
El burrito sin sombrero de paja era un animal de montaña agreste.
Un trotador de patada y fusta.
El régimen general de los burros lo tenía en categoría menos uno.
Pero el burrito de culo en pompa pagaba religiosamente sus impuestos de rebuznos y coces.
El salario del animal más tonto era un granito de trigo y él pagaba cuatro por cada día de jornada.
Mi bisabuelo, que era un revolucionario obrero, decidió exponer el caso de su burro en comité obrero popular.
El suceso causó un gran revuelo.
Blablablabla....
Finalmente, decidieron que el gremio de los burros estaba en absoluta precariedad de derechos.
El gobierno del estado mayor de los más burros justificó toda la miseria de este pobre animal por la mala gestión del mundo entero de los 'super burros'.
La cuestión se torno más oscura, cuando se detectó que no eran solo los burros, sino que todos los seres vivos (excepto los super burros) estaban totalmente desamparados.
Mi bisabuelo empezó a pensar y pensar...
Si yo trabajo por 100 granitos de trigo, ¿cómo es que le tengo que dar al estado 90?
¡Y peor aún! ¿Cómo puede ser que yo ahora me haya quedado sin ninguno?
El padre de mi abuelo era un hombre listo y entendió rápidamente la trampa que le habían tendido...
Hombre y animal se unieron y empezaron a modificar las leyes del comercio.
Yo te cambio mi café por tu azúcar y que no se entere nadie!
Y la noche empezó a estar soleda a la luz del candil de los que buscaban nuevos caminos.

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